¿Qué es No Sabe - No Contesta?

No Sabe-No Contesta es el nombre que nuestro equipo de creativos ideó para compartir las reflexiones y producciones de guarismos, la consultora de investigación social y política que hemos creado.
Se trata de buscar, construir y sistematizar información social y política y desde allí contar con algunas herramientas que sean de utilidad para pensar y para hacer en el complejo mundo político-social que nos abruma y fascina. Veremos que sale de todo esto.

lunes, 15 de noviembre de 2010

El pueblo kirchnerista


Por José Eduardo Moreno

La muerte de Kirchner despertó una necesidad irrefrenable de expresar sentimientos y reflexiones sobre lo que nos dejaba, lo que había hecho y lo que está por venir. A muchos, a casi todos, nos sorprendió la movilización popular –ciudadana, si prefieren- que se desplegó para expresar su dolor y reconocimiento al ex-presidente. Este fue un punto de referencia insoslayable desde el que partieron muchos de los análisis y consideraciones.
Pablo Marchetti, uno de los creadores de la Revista Barcelona, reflexionó en una nota sobre ese raro fenómeno que se había generado desde la mañana del miércoles 27 de octubre. En una nota titulada Nosotros (http://lavaca.org/notas/nosotros/) describe sus impresiones sobre esas jornadas callejeras en las que miles peregrinaban a rendirle tributo al patagónico. El final de la nota me parece una excelente síntesis de aquello que, entiendo, resulta el principal legado político de Kirchner. Dice Marchetti: “ese tipo fue quien hizo el milagro de juntarnos, de hacernos tomar conciencia de que somos un montón y de darnos cuenta de que hay ciertas cosas que no vamos a permitir.(…) Por eso, aunque sólo sea por eso, gracias Néstor.
Nosotros es la referencia identitaria elemental, primaria. El nosotros existe si -y sólo sí- existe un ellos. En los manuales de sociología se le llama grupos de pertenencia a aquellos grupos de los que nos sentimos parte, que entendemos como nosotros. Esto, necesariamente, genera sentimientos de empatía y solidaridad para con los miembros del grupo, y antipatía para con los otros. Entre los grupos de pertenencia se suele distinguir entre los grupos cara a cara, aquellos en los que existe un contacto físico directo y una interacción cotidiana (la familia, los amigos) y las llamadas comunidades imaginarias, aquellos grupos de los que nos sentimos parte sin tener ese contacto directo (ser peronistas, radicales, argentinos, latinoamericanos, católicos, etc.).
Kirchner ha sido el responsable de crear la comunidad imaginaria más importante que ha dado la política argentina en los últimos tiempos. Construir un nosotros de estas características no es soplar y hacer botellas (que expresión rara esta, como si fuera fácil soplar y hacer botellas). Implica una ardua tarea de concientización y consensos que lleva a distintas personas, con sus complejidades y especificidades, a confluir en un colectivo que los contenga y los haga formar parte.
Uno de los que, a mi juicio, conceptualiza de mejor modo la tarea de construir estos colectivos, estas comunidades imaginarias en el terreno de la política, es Ernesto Laclau. Junto a su mujer, la politóloga belga Chantal Mouffe, desarrolló una interesante crítica a la noción de hegemonía que prevalecía en el marxismo, destacando la importancia de desestimar los elementos esencialistas y –por consiguiente- deterministas vigentes en la teoría política marxista. En pocas palabras, uno de los problemas centrales de cierta izquierda es, para estos autores, seguir creyendo en la existencia de sujetos políticos privilegiados (el proletariado, la clase obrera), debido a las características estructurales (materiales, económicas) de la sociedad y a su desenvolvimiento necesario.
La alternativa que proponen, cuya versión más acabada está en La Razón Populista (FCE, 2005), hace hincapié en la importancia de desarrollar estrategias discursivas –acciones cargadas de sentidos- que articulen el más variado conjunto de demandas posible. Esta articulación de demandas se realiza mediante la operación de significantes que son vaciados de significados específicos, concretos, y que se erigen como representantes de una multiplicidad de significados en torno de los cuales los sujetos ven la posibilidad de satisfacer sus demandas. Kirchner, quedan pocas dudas a esta altura, se constituyó en uno de estos significantes vacíos que logró sintetizar, condensar, un conjunto de demandas que un amplio conjunto de la población anhelaban. Durante su gestión, y luego como principal referente político de su espacio, pasó de ser el referente de una fracción del peronismo en la interna contra el menemismo, a constituirse en una referencia más amplia capaz de condensar la condena de los crímenes del terrorismo de Estado, la integración latinoamericana, la sumisión de la economía a la política –o del mercado a la intervención del Estado-, la lucha contra la oligopolización mediática, etc.
El éxito de esta empresa pudo verse en los días posteriores a su deceso. Un amplio y heterogéneo nosotros lamentó su muerte porque simboliza la referencia de un conjunto variado de demandas satisfechas o en vías de satisfacción. Claro que esto no es armónico ni estable. Al interior de ese gran nosotros hay otros nosotros que se superponen y recelan. Y esos muchos nosotros que conviven al interior de aquel gran nosotros, conviven con muchos ellos. Es decir, al interior del kirchnerismo, operan lógicas de equivalencia y de diferencia que establecen límites que pueden ser más o menos rígidos y que pueden –o no- hacer estallar esa comunidad imaginaria, ese pueblo kirchnerista, en múltiples pedazos.
Marchettti decía que Kirchner, aunque más no sea su muerte, “hizo el milagro de juntarnos”. Allí se materializó un pueblo kirchnerista en el que conviven muchos nosotros. El desafío, se cae de maduro, es lograr que ese gran nosotros logre contener a esos muchos nosotros que conviven allí dentro. Y esto significa hacer prevalecer la lógica de equivalencia por sobre las lógicas diferenciales. Marchetti, desde sus palabras, representa un kirchnerismo –espero que no se ofenda por esta etiqueta- que no tiene miramientos en destacar un gran número de déficits y defectos del ex presidente y del espacio que dejó un poco huérfano. Pero al mismo tiempo, aquello no le impide sentirse parte de ese amplio nosotros opuesto a otro amplio ellos.
La supervivencia de los principales lineamientos del proyecto político que hoy encabeza la presidenta Cristina Fernández, requerirá de que ese amplio nosotros se sostenga. Eso implicará que los distintos grupos que allí bregan se toleren y se subsuman al interior del conjunto que los abarca. Es imprescindible, por tanto, no olvidar que existen muchos kirchnerismos: los más críticos, los menos, los que se inflan el pecho diciendo que son kirchneristas, los que reniegan hasta el cansancio de esa etiqueta, los fanáticos, los que lo putean por lo bajo y por lo alto, los que no se pierden “6,7,8” y aquellos que no lo soportan. Será un grave problema para el kirchnerismo si se hace regla pedir “credenciales de kirchnerista”, si no se toleran las distintas formas de ser kirchnerista.
En esta empresa, el rol de la presidenta, de su discurso -que en este momento tiene una centralidad abrumadora- será fundamental. Deberá contener en sus mensajes, en sus símbolos, al mayor conjunto de kirchnerismos existentes. En este sentido, la definición del ellos, del exterior constitutivo al decir de Laclau, deberá ser precisa y cuidadosa, para no incluir ahí –para que no se incluyan- potenciales nosotros. Quizás sea posible que el milagro de juntarnos se sostenga y se constituya una fuerza política transformadora.

La muerte


Por José Eduardo Moreno
La muerte es un punto de inflexión (Perdonen la obviedad). Funciona en muchos registros. Uno de ellos, es que al poner fin a algo, a una vida, obliga a un balance. Es como cualquier ciclo que se cierra. Siempre al final viene el balance.
Con su muerte, Kirchner cambia de categoría. Otra obviedad. Pasa de los vivos a los muertos, que no es sólo una cuestión biológica, ya que ese cambio de categoría lo ubica en otro registro de análisis y valorativo. Huelgan ejemplos de esto. El más cercano quizás sea Alfonsín, pero también cualquier figura pública, Sandro, Fontanarrosa, el que les guste.
 En todos los casos, la muerte funciona como un baño indulgente que exalta las virtudes y diluye los defectos. Sucede con un amigo, un familiar, un conocido. Algunos los hacen sinceramente conmovidos, otros regocijándose en lo más profundo. Este efecto es de gran intensidad en el momento inmediato y va perdiendo su fuerza con el inexorable paso del tiempo. Con los días, semanas, los análisis se hacen más sinceros, más objetivos, más honestos.
Pero eso no nos impide que indefectiblemente tengamos que calificarlo de inmediato.  Después de todo, la muerte también es una de las puertas de entrada a la historia. (El “La historia me absolverá” del joven Castro fue uno de los desafíos a la muerte más vistosos). La historia, gran terreno de debates y posturas encontradas, suele - al fin de cuentas- ser más rigurosa que la contemporaneidad. Lo pasado suele ser visto con menor desapasionamiento que lo presente, y eso le insume objetividad y cierta precisión. Se cuenta con una perspectiva temporal que enriquece el análisis. Hoy resulta insensato criticar la reestatización del sistema previsional, sin embargo fueron muchos los que se opusieron ferozmente. Los archivos son demoledores. La importancia del extrañamiento, de tomar distancia, es una de las condiciones esenciales del buen conocimiento según lo señala Norbert Elías.
Al haber atravesado esa puerta, Kirchner entró inequívocamente en la historia. “Hay que juzgarlo”, suena la voz inconsciente de ese enano interior que tenemos dentro con ansias de juzgar al otro. En el obligatorio balance al que nos obliga la muerte, creo que Kirchner sale con buenos pergaminos. No nos pondremos a detallarlos ahora, habrá decenas de artículos que así lo hagan. Cada uno tendrá sus críticas, pero el saldo es positivo. Una mirada por los principales  indicadores es elocuente.  Especialmente si recordamos que ya está en el terreno de la historia, lo que nos lleva a preguntarnos sobre todo lo que pasó antes, sobre sus antecesores,  sobre el contexto histórico en él que actuó y sobre la incidencia que tuvo en ese mundo que habitó y en el que no habitará.
En lo que va desde su muerte, horas, se observa un fuerte impacto. Al menos según mi precario e impreciso termómetro. A distintas figuras queridas y respetadas, no sólo por mí, se las ve profundamente tristes y acongojadas: las madres, las abuelas, los distintos presidentes latinoamericanos, figuras de la cultura y de la militancia con valiosos antecedentes. Esa tristeza, contagia. Una de las cosas que me llamó la atención entre las distintas expresiones de de duelo, fueron las de los “arrepentidos”, aquellos (y aquellas, que se sobreentienda) que confiesan no haber sido simpatizantes en un primer momento, pero que terminaron apoyándolo, aunque sea en las líneas generales de su proyecto. Y eso, me parece que no es poco. Sino preguntémonos cuantas veces revertimos nuestra valoración política e ideológica sobre una figura política.
El hecho de que sea un pasado tan reciente nos obliga, al mismo tiempo que a juzgar el pasado, a pensar el futuro. Una cosa lleva a la otra. Quienes apoyamos muchas de las líneas del proyecto que inauguró Kirchner, no podemos menos que preocuparnos ante el vacío que deja. La falta del líder, no es cosa menor en política. Al mismo tiempo, la oposición que hoy se presenta como alternativa real, despierta muchos más temores que simpatías. José Pablo Feinmann ensayó una de las respuestas que más me gustaron. Por alentadora, quizás: “No es la muerte de Perón, que dejó detrás de sí a una incapaz y a un criminal; Cristina crecerá ante la desgracia”.