Por José Eduardo Moreno
La muerte de Kirchner despertó una necesidad irrefrenable de expresar sentimientos y reflexiones sobre lo que nos dejaba, lo que había hecho y lo que está por venir. A muchos, a casi todos, nos sorprendió la movilización popular –ciudadana, si prefieren- que se desplegó para expresar su dolor y reconocimiento al ex-presidente. Este fue un punto de referencia insoslayable desde el que partieron muchos de los análisis y consideraciones.
Pablo Marchetti, uno de los creadores de la Revista Barcelona, reflexionó en una nota sobre ese raro fenómeno que se había generado desde la mañana del miércoles 27 de octubre. En una nota titulada Nosotros (http://lavaca.org/notas/nosotros/) describe sus impresiones sobre esas jornadas callejeras en las que miles peregrinaban a rendirle tributo al patagónico. El final de la nota me parece una excelente síntesis de aquello que, entiendo, resulta el principal legado político de Kirchner. Dice Marchetti: “ese tipo fue quien hizo el milagro de juntarnos, de hacernos tomar conciencia de que somos un montón y de darnos cuenta de que hay ciertas cosas que no vamos a permitir.(…) Por eso, aunque sólo sea por eso, gracias Néstor.”
Nosotros es la referencia identitaria elemental, primaria. El nosotros existe si -y sólo sí- existe un ellos. En los manuales de sociología se le llama grupos de pertenencia a aquellos grupos de los que nos sentimos parte, que entendemos como nosotros. Esto, necesariamente, genera sentimientos de empatía y solidaridad para con los miembros del grupo, y antipatía para con los otros. Entre los grupos de pertenencia se suele distinguir entre los grupos cara a cara, aquellos en los que existe un contacto físico directo y una interacción cotidiana (la familia, los amigos) y las llamadas comunidades imaginarias, aquellos grupos de los que nos sentimos parte sin tener ese contacto directo (ser peronistas, radicales, argentinos, latinoamericanos, católicos, etc.).
Kirchner ha sido el responsable de crear la comunidad imaginaria más importante que ha dado la política argentina en los últimos tiempos. Construir un nosotros de estas características no es soplar y hacer botellas (que expresión rara esta, como si fuera fácil soplar y hacer botellas). Implica una ardua tarea de concientización y consensos que lleva a distintas personas, con sus complejidades y especificidades, a confluir en un colectivo que los contenga y los haga formar parte.
Uno de los que, a mi juicio, conceptualiza de mejor modo la tarea de construir estos colectivos, estas comunidades imaginarias en el terreno de la política, es Ernesto Laclau. Junto a su mujer, la politóloga belga Chantal Mouffe, desarrolló una interesante crítica a la noción de hegemonía que prevalecía en el marxismo, destacando la importancia de desestimar los elementos esencialistas y –por consiguiente- deterministas vigentes en la teoría política marxista. En pocas palabras, uno de los problemas centrales de cierta izquierda es, para estos autores, seguir creyendo en la existencia de sujetos políticos privilegiados (el proletariado, la clase obrera), debido a las características estructurales (materiales, económicas) de la sociedad y a su desenvolvimiento necesario.
La alternativa que proponen, cuya versión más acabada está en La Razón Populista (FCE, 2005), hace hincapié en la importancia de desarrollar estrategias discursivas –acciones cargadas de sentidos- que articulen el más variado conjunto de demandas posible. Esta articulación de demandas se realiza mediante la operación de significantes que son vaciados de significados específicos, concretos, y que se erigen como representantes de una multiplicidad de significados en torno de los cuales los sujetos ven la posibilidad de satisfacer sus demandas. Kirchner, quedan pocas dudas a esta altura, se constituyó en uno de estos significantes vacíos que logró sintetizar, condensar, un conjunto de demandas que un amplio conjunto de la población anhelaban. Durante su gestión, y luego como principal referente político de su espacio, pasó de ser el referente de una fracción del peronismo en la interna contra el menemismo, a constituirse en una referencia más amplia capaz de condensar la condena de los crímenes del terrorismo de Estado, la integración latinoamericana, la sumisión de la economía a la política –o del mercado a la intervención del Estado-, la lucha contra la oligopolización mediática, etc.
El éxito de esta empresa pudo verse en los días posteriores a su deceso. Un amplio y heterogéneo nosotros lamentó su muerte porque simboliza la referencia de un conjunto variado de demandas satisfechas o en vías de satisfacción. Claro que esto no es armónico ni estable. Al interior de ese gran nosotros hay otros nosotros que se superponen y recelan. Y esos muchos nosotros que conviven al interior de aquel gran nosotros, conviven con muchos ellos. Es decir, al interior del kirchnerismo, operan lógicas de equivalencia y de diferencia que establecen límites que pueden ser más o menos rígidos y que pueden –o no- hacer estallar esa comunidad imaginaria, ese pueblo kirchnerista, en múltiples pedazos.
Marchettti decía que Kirchner, aunque más no sea su muerte, “hizo el milagro de juntarnos”. Allí se materializó un pueblo kirchnerista en el que conviven muchos nosotros. El desafío, se cae de maduro, es lograr que ese gran nosotros logre contener a esos muchos nosotros que conviven allí dentro. Y esto significa hacer prevalecer la lógica de equivalencia por sobre las lógicas diferenciales. Marchetti, desde sus palabras, representa un kirchnerismo –espero que no se ofenda por esta etiqueta- que no tiene miramientos en destacar un gran número de déficits y defectos del ex presidente y del espacio que dejó un poco huérfano. Pero al mismo tiempo, aquello no le impide sentirse parte de ese amplio nosotros opuesto a otro amplio ellos.
La supervivencia de los principales lineamientos del proyecto político que hoy encabeza la presidenta Cristina Fernández, requerirá de que ese amplio nosotros se sostenga. Eso implicará que los distintos grupos que allí bregan se toleren y se subsuman al interior del conjunto que los abarca. Es imprescindible, por tanto, no olvidar que existen muchos kirchnerismos: los más críticos, los menos, los que se inflan el pecho diciendo que son kirchneristas, los que reniegan hasta el cansancio de esa etiqueta, los fanáticos, los que lo putean por lo bajo y por lo alto, los que no se pierden “6,7,8” y aquellos que no lo soportan. Será un grave problema para el kirchnerismo si se hace regla pedir “credenciales de kirchnerista”, si no se toleran las distintas formas de ser kirchnerista.
En esta empresa, el rol de la presidenta, de su discurso -que en este momento tiene una centralidad abrumadora- será fundamental. Deberá contener en sus mensajes, en sus símbolos, al mayor conjunto de kirchnerismos existentes. En este sentido, la definición del ellos, del exterior constitutivo al decir de Laclau, deberá ser precisa y cuidadosa, para no incluir ahí –para que no se incluyan- potenciales nosotros. Quizás sea posible que el milagro de juntarnos se sostenga y se constituya una fuerza política transformadora.



