¿Qué es No Sabe - No Contesta?

No Sabe-No Contesta es el nombre que nuestro equipo de creativos ideó para compartir las reflexiones y producciones de guarismos, la consultora de investigación social y política que hemos creado.
Se trata de buscar, construir y sistematizar información social y política y desde allí contar con algunas herramientas que sean de utilidad para pensar y para hacer en el complejo mundo político-social que nos abruma y fascina. Veremos que sale de todo esto.

sábado, 14 de agosto de 2010

Aunque no la veamos, la lucha de clases siempre está

Por José Eduardo Moreno


En Bruselas, en 1847, un joven y ya polémico Karl Marx fue invitado con su amigo y mecenas Fredrich Engels a la fundación de la Liga de los Comunistas (antes llamada la Liga de los Justos), organización obrera que buscaba generar una herramienta política frente a la avanzada capitalista en pleno despegue de la revolución industrial. A propósito de sus reconocidas capacidades intelectuales, les encomendaron la elaboración del texto fundacional de la organización, conocido hoy como el Manifiesto del Partido Comunista que vio la luz el año siguiente en alguna imprenta de Londres, la cuna de la revolución industrial y del capitalismo.
Más allá de las profecías espectrales y de la estricta teleología que atraviesa el texto -producto de que se trata de un manifiesto, de una proclama política destinada insuflar los ánimos y mover a la acción- los autores van a explicitar de manera clara, genial, uno de los ejes que atraviesa todo su pensamiento: “La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases”.
Es difícil refutar seriamente tal sentencia si la circunscribimos a la historia escrita, tal como lo hacían los autores. Pero para no perdernos en divagues históricos o antropológicos, refirámonos estrictamente al capitalismo, viejo/jóven conocido. Situados aquí, el conflicto que enfrenta a trabajadores y empresarios, a los propietarios de los medios de producción y quienes sólo poseen su fuerza de trabajo resulta imposible de desatender. Sin meternos en cuestiones relativas a la alienación y la plusvalía, sabemos que el empresario capitalista va a buscar maximizar sus ganancias, su renta. La ecuación tiene dos grandes partes, el costo y el beneficio. La razón entre ambos es la ganancia. Como sabemos, el costo, se compone de modo significativo por la compra de la fuerza de trabajo. Las consecuencias son obvias y el conflicto de intereses entre quienes quieren aumentar la ganancia a costa de los salarios y quienes quieren aumentar los salarios a costa de las ganancias, podemos decir, es la historia del capitalismo. Si eso no es lucha de clases ¿qué es?
Traigo estas cuestiones a colación porque a menudo se suele brindar una ficticia imagen de la sociedad en la que no existe conflicto (de intereses), armónica y plausible de consensuar infinitamente. Es como tirar la basura debajo de la alfombra. Como esconder a los indigentes para que no se vean. Ojos que no ven... El liberalismo ha sido un pionero en esta materia, y los comunicadores que comulgan consciente o inconscientemente con él, reproducen una visión de la sociedad en la que el conflicto es un desajuste, una patología, producto de las distorsiones que producen los agentes que se entrometen en el libre y sano juego de la oferta y la demanda.

Esta visión de las cosas no siempre gozó del consenso que le conocimos en los últimos 30 años. Luego de la crisis del 29, el conjunto de las economías capitalistas de occidente se organizó en torno de los preceptos del economista inglés John Maynard Keynes, en los que se planteaba la necesidad de contar con un Estado presente en el control y la regulación de la economía, teniendo como proa el pleno empleo y la necesidad de orientar la economía en función de la demanda y no de la oferta como planteaban los liberales. Desde estos supuestos, el reparto de la renta se hacía en términos relativamente favorables para los asalariados, a costa, por supuesto, de los márgenes de ganancia. Esto produjo los mejores indicadores históricos en relación a la pobreza, el empleo y la distribución del ingreso en las sociedades capitalistas.
Esta dinámica primó hasta la crisis que estalla en 1972/73 vinculada a la proliferación de los llamados petrodólares –sustrato del boom del endeudamiento latinoamericano- y al abandono del patrón oro por parte de los Estados. Esto se enmarcaba en un problema más complejo aún que se dio en llamar la crisis de la estanflación, la combinación entre estancamiento e inflación que estaban mostrando varios países. Fue en ese contexto en el que empezaron a hacer eco las ideas del padre de todos los think tank neoliberales, la Sociedad de Mont Pelerin, esa suerte de logia neoliberal que mientras terminaba la Segunda Guerra Mundial se juntó por vez primera en la siempre neutral Suiza para definir una estrategia que recuperara la hegemonía de los preceptos del liberalismo clásico. Fredrich Von Hayek, premio Nobel de Economía en 1974 y Milton Friedman, mentor de la estrategia económica pinochetista, son los más conocidos de ese grupo.
Más allá de esta historia, conocida por muchos, resulta interesante para comprender el fenómeno del neoliberalismo el análisis de la tasa de ganancia de las principales economías en los diferentes momentos del siglo tal como lo muestra David Harvey en su Breve historia de neoliberalismo. Se ve en este trabajo el modo en que desciende el porcentaje que las elites empresariales se apropian en el proceso productivo económico durante los años keynesianos, como así también el sostenido crecimiento de la rentabilidad experimentado desde el último cuarto del siglo XX.
Me parece sugestivo recuperar esta perspectiva en tanto permite contextualizar y enmarcar el análisis, la comprensión y la valoración de los diversos procesos político-económicos que marcan nuestros tiempos. No se trata de caer en una simplificación que reduzca la política y las especificidades de cada caso a la lucha de clases. Pensar la política exclusivamente en términos de burgueses y proletarios impide reflexionar sobre las múltiples contradicciones e intereses –sectoriales, ideológicos, disputas de poder, etc.- que se juegan allí. Muchas de las organizaciones y partidos que se definen marxistas no escapan a esto. Por otro lado, pensar la política subestimando el peso de lo que aquí llamamos la lucha de clases resulta, cuanto menos, ingenuo.
Entre tanto discurso ambiguo, tanta vanalización –y tinellización- de la política y tanto significante vacío, resulta a veces dificultoso identificar los actores e intereses económicos que juegan en política. Afortunadamente aparecen eventos y declaraciones que aportan claridad y nitidez. Tanto el discurso de Biolcati como las reuniones de esta semana del empresariado argentino nucleado en la UIA y en la AEA arrojan cierta luz sobre estas cuestiones. Tanto uno como en otro insisten en sus discursos, en sus intenciones, en su ideología en la importancia la ausencia de certidumbre, en los escollos que pone el gobierno, en la situación de inestabilidad que se genera. Ya en el 45º Coloquio de IDEA, en donde Hugo Biolcatti apercibió a su par de la UIA por poner los intereses sectoriales por sobre los de clase: “Ese es un error básico, creer que no es un enemigo común el que tenemos, sino un enemigo nuestro. El Gobierno se está quedando con la rentabilidad nuestra, con la de ustedes y con la de todas las empresas”, dijo el líder de la SRA (La Nación, 31/10/09).
La dinámica política argentina, como todas, está atravesada por múltiples conflictos de diferente orden y dimensión. La disputa por el poder, al fin y al cabo, crea sus propios guiones y tiene sus propios actores. En cualquier caso, está siempre imbricada, entrelazada, en una suerte de simbiosis -más que subordinación- con los grandes intereses y actores que se juegan en el devenir económico. La especificidad de la política nos obliga a no reducirla a ninguna variable o dimensión del universo social, pero tampoco a desvincularla sin más de las características que adquiere la disputa por la riqueza en toda sociedad. El comunismo está lejos de ser aquel fantasma que atormentaba a los grandes empresarios, quizás sólo sea un Gasparín al lado de la hegemonía de los grandes capitales -éstos sí de temer. Pero la lucha de clases sigue y seguirá siendo un espectro que es parte fundamental de nuestra historia. Las disputas por la rentabilidad, en sus diferentes formas de aparición histórica, siguen siendo el sustrato ineludible para comprender cabalmente las vicisitudes que se juegan y observan en la arena de la política. Es bueno recordarlo y tenerlo claro, sin absolutizarlo ni reducirlo a ello. De lo contrario, seguiremos viendo una política que no excede las vulgaridades y mediocridades que el show de la real(ity) politik está interesada en mostrar.

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